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Voy a extrañar lo que nunca llegamos a tener. Y a extrañar ese calor desconocido por la noches. Extrañaré las palabras que susurraste (sin saberlo) en mi oído y aún más el tomarte de la mano sin que sepas por qué. Voy a extrañar ese abrazo nunca dado. Y esa sonrisa de todos los días tan ingenua y tímida que nunca llegué a conocer. Más voy a extrañar que recorras (como en sueños) con los dedos mis hombros y mis brazos. Y que traces la silueta de mi cintura en algún amanecer. Extrañaré la estrecha distancia de tu piel contra mi piel. Sobre todo ese contacto íntimo y secreto al mirarnos. Voy a extrañar los rastros de amor con los que cubriste mis manos. Y suplantaste al sufrimiento. Y te adentraste en mi ser. Y te querré por siempre. Porque llegaste para llenarme de algo que no conocía y que siempre quise, algo que nunca tuve y me enseñaste, algo que con sólo verte me invade; algo que siempre extrañaré. Voy a extrañar el amor secreto no correspondido, tu mirada (y tus labios) sobre mí, el calor de tu espalda en madrugadas y esos recuerdos desesperados por tenerte y no tenerte que me enloquecen y me dejan sin dormir. Te voy a extrañar. Te extrañaré. Te extraño. Inquilino de mi mente, mudo, sueño, dueño de los pensamientos más profundos (indecibles) que me inundan cuando no sé qué sentir. Voy a extrañar que me tengas hecha palabras entre los labios. Que me mires y estreches en tus brazos. Que me sostengas cuando necesite más de ti. Extrañaré que existas en mi vida. Que salgas diario de mi mente. Que aparezcas y te conviertas en todo lo que quise y tuve cuando te conocí.Tenerte siempre. Desquiciado. Inquilino que me tiene presa de si. Repleto de caricias sucumbidas por el miedo de que dejes de existir. Necesítame. Imagíname como yo te imagino en mi sufrir. Te extraño. Te extrañaré. Te extraño. Sucede de la nada. La ruptura. El rompimiento. El silencio de lo que nunca empezó. Lo escuchas como mil ecos resonando en tu garganta, anudándola, dejándola quebradiza: sin voz. Estalla como fuego en las miradas opacas en los ojos de inocentes que no quisieron buscar algo en el futuro incierto que los mantuviera atados a lo que son. Navega en algún lado del alma hueca que tortura al pensamiento convirtiéndolo en algo diferente e indomable de lo que se tiene miedo por la el desconocimiento ante algo que no se sabe si será. “¿Por qué permitiste que nuestros besos se volvieran recuerdos?”
En ese preciso instante apareciste en mi mente como un reflejo en el cristal: traslucido, opaco, impreciso. Te coloreaste en escala de grises, amorfo, con una silueta mal trazada y a la vez perfecta que me recordó las figuras inexactas que se formaban en nuestras miradas cuando nos solíamos besar. Incluso rodeado por un aura de rencor y soledad en mi mente distorsionada, te distinguí. Y lo hice apartando todos los trazos equívocos y desordenados –todos aquellos garabatos que me impedían llegar a ti–, reconociendo la única cosa que aparentemente ni siquiera mis deseos de olvidarte pudieron extinguir. Ahí estaban, escondidos en la plena penumbra pesando sobre mis hombros, aquellos atisbos de esperanza que menguaban en mi alma en pena, prisionera de un recuerdo que no la deja descansar; a pesar que de negro se cubría el fondo de mi imaginación (¿o de mi alma?) pude distinguir luceros entre su infinita profundidad. El remordimiento carcomiendo mis entrañas me hizo calcarte en el fondo de lo que un día fui. Y mis viejas esperanzas se hicieron trizas y volaron como añicos en el viento, revolviendo la nostalgia con el sudor del esfuerzo con el que me empeño por primero pensar en mí. ¿Qué hago si tu constante recuerdo se refleja en mis pensamientos en los instantes en los que me siento, por fin, libre de ti? (Una libertad que busco sólo para evitar verte a los ojos y no recordar todo lo que no puedo revertir.) Comienza, entonces, el círculo vicioso: el dolor que agota mis pensamientos empapados de querer verte partir se convierte en el motor de un deseo inaudito que no puede permitir que sea así. Regresa al principio, a ser ese tormento silencioso cargado de culpa y de tristeza que prefiere que cualquier lazo que nos siga uniendo desaparezca y te haga parte de lo que no soy. Se crea en mi mente un abismo que se enreda con mis pensamientos y me deja rendida, exhausta, confundida. Miro de noche las estrellas siempre traslúcidas, opacas, imprecisas, tras el cristal de mi ventana. Nace otro vacío que desata una cadena interminable de figuras inexactas. Garabatos. Siluetas mal trazadas. De pronto, apareces.
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